20081220

Dos firmas y una inscripción.


De joven conoció en primera persona las mieles del éxito. Y lo hizo en diversas disciplinas. Fue un reconocido pintor y campeón asturiano de boxeo en peso pluma en la década de los cincuenta. Sin embargo, hacía años que José Antonio Parente Rodríguez no se acordaba de nada de eso. Tras ingresar en varios centros especializados por problemas psiquiátricos y mudo tras una laringectomía, se había convertido en un «clochard» de Gijón. Ayer, falleció a los 78 años en un banco de Marqués de San Esteban. Alguien colocó sobre los cartones donde dormía el mendigo una inscripción con su nombre y su edad. Ahora, su hermana Aída Parente amenaza con denunciar a una residencia de Oviedo por «haberse desocupado de él y dejarlo marchar solo». 

La familia de Parente conoció ayer por la mañana la noticia de su fallecimiento. Divorciado y con dos hijas, ambas con residencia en Gijón, tenía además dos hermanas: Aída, con residencia en Oviedo, y Blanca, que vive en San Sebastián. Parente era hijo del contratista brasileño Juan Parente y de Liliana Primitiva, cubana de padres españoles. Él había nacido en Oviedo meses después de la llegada de sus padres a la capital asturiana. En esta ciudad descubrió su manejo con el pincel. 

«Fue alumno de los mejores pintores de la época en la Escuela de Bellas Artes», subraya su hermana Aída. Su destreza le hizo valedor de una beca para perfeccionar su técnica en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. En la capital también continuó con su otra gran pasión: el boxeo. Con los años se convirtió en un destacado púgil a nivel regional y compitió en varios campeonatos nacionales. 

Aída Parente pierde la pista de José Antonio hace unos meses. Según asegura, tras regresar a Oviedo de un viaje a Lisboa, descubre que su hermano ya no se encuentra en la residencia situada junto al Campo San Francisco en la que residía. «Me dijeron que había dos compañeros que lo maltrataban, pero lo dejaron marchar sabiendo que no se valía por sí mismo», afirma. Por eso, añade que denunciará a los responsables del centro. Semanas después supo que acudía a comer a la Cocina Económica de Oviedo. Ayer apareció muerto en una calle de Gijón. Su capilla ardiente quedó instalada en la sala número 7 del tanatorio.
A última hora de la tarde, la puerta estaba cerrada y en el libro de pésames figuraban dos firmas.

Lo que sabemos de Verónica E. D.



Verónica E. D. llevaba mes y medio -desde abril- residiendo en la vivienda social de Vipasa, en Nuevo Gijón, que compartía en condiciones completamente insalubres con sus dos hijos de corta edad. Según sus vecinos de bloque, la joven de 23 años «vivía de forma intensa de noche y dormía de día». La niña de cinco años estaba sin escolarizar. Además, durante sus habituales salidas nocturnas no dejaba a ninguna persona al cargo de sus dos vástagos. Cerraba con llave y se iba. 

Un hombre que conducía un coche de color blanco acudía a recogerla cada día de madrugada y no regresaba a casa hasta después del amanecer. No era difícil verla, recuerda alguno de sus vecinos, a las 11 de la mañana, a su llegada al portal de Dolores Ibárruri, «tan tranquila y con los auriculares puestos». 

Las persianas de su casa, en un primero, «estaban permanentemente cerradas y ella nunca sacaba a los niños fuera de casa». A pesar de la suciedad que acumulaba en el hogar familiar, quienes alertaron ayer a la Policía de la gravedad de la situación, describen a Verónica como «una joven alta, rubia y de físico exuberante». «Con gancho con el sexo opuesto», aseguran. De la falta de higiene y aseo que padecían a diario sus hijos no había ninguna muestra en su indumentaria. Y es que la joven cuidaba mucho su aspecto físico. Y vestía a la última. La misma noche de la operación de rescate de los niños los vecinos la vieron salir «muy arreglada, toda vestida de negro, con bolso y sandalias de tacón alto». 

Las pocas personas que intercambiaron algunas palabras con ella en las últimas semanas en Nuevo Gijón la definen como «una mujer prepotente, con un carácter muy fuerte y que te desafiaba con la mirada». Sobre todo a raíz de que supo que sus vecinos, sobrecogidos por el continuo llanto de sus pequeños, dieron aviso a los agentes municipales. 
De la vida que llevaba Verónica antes de recalar en Nuevo Gijón poco sabe su nuevo vecindario, excepto unos pocos datos. Que vivía por la zona de La Serena y que tiene a su padre impedido. Al parecer, la joven tenía como pareja en los últimos tiempos a un chico diferente a los padres de los niños, con quienes no mantenía buenas relaciones. También le gustaban los animales. Además del perro y el gato, tuvo un conejo que murió.